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Adicciones. Cómo funcionan y cómo prevenirlas



Todos tenemos patrones de conducta que al repetirse de forma prolongada, terminan convirtiéndose en hábitos. Algunos de estos hábitos no suelen ser beneficiosos para nuestro organismo, por ejemplo, el consumo de alcohol, tabaco y otro tipo de sustancias psicoactivas pueden generarnos dependencia y problemas a largo plazo.


Entonces, ¿cómo podemos identificar cuando una conducta cotidiana y a priori beneficiosa para la persona que la realiza (como hacer ejercicio físico) o realizar actividades cotidianas (como revisar el móvil para utilizar las redes sociales, o algo tan necesario como alimentarse) se convierten en una adicción?


Cualquier conducta normal placentera tiende a repetirse y es por ello susceptible de convertirse en un comportamiento adictivo. Hablamos de adicción cuando la persona que realiza ese comportamiento manifiesta una pérdida clara de control, cuando sigue con esa conducta a pesar de las consecuencias negativas que le pueda generar, lo que indica que existe una dependencia. La idea de realizar esa conducta no se le quita de la cabeza y siente malestar si no puede realizarla de inmediato, perdiendo el interés por otras actividades que antes le resultaban gratificantes. Basándonos en esto, lo que diferencia un hábito de una conducta adictiva es que la última tiene efectos contraproducentes para la persona que la realiza.


Según la OMS la adicción es una enfermedad física y psicoemocional que crea dependencia o necesidad hacia una sustancia, actividad o relación.


Los componentes fundamentales de la adicción son la pérdida de control y la dependencia. De este modo se indica que las adicciones no pueden limitarse exclusivamente a las conductas generadas por sustancias químicas, como los opiáceos, los ansiolíticos, la nicotina o el alcohol. De hecho, existen hábitos de conducta aparentemente inofensivos que pueden convertirse en adictivos e interferir gravemente en la vida cotidiana de las personas afectadas.


En función de la intensidad, la frecuencia, la cantidad de tiempo/dinero invertido y el grado de interferencia en las relaciones familiares, sociales y laborales de la persona implicada se pueden identificar estas conductas.


Por lo tanto, se podría diferenciar entre adicciones a sustancias (químicas) y adicciones psicológicas.


En las adiciones a sustancias, encontramos sustancias legales como el alcohol, el tabaco y los ansiolíticos, y sustancias ilegales como el cannabis, cocaína, heroína, MDMA y las anfetaminas entre muchas otras.


En las adicciones psicológicas se presentan de forma común las relacionadas con sexo, comprar, ejercicio físico, juego, trabajo, comida y las nuevas tecnologías.


La semejanza que presentan este tipo de adicciones, tanto químicas como psicológicas, es que constituyen una vía de escape no saludable para resolver conflictos y presentan una clara pérdida de control y una dependencia.


El ser humano necesita sentir placer a nivel global, y esta satisfacción en general se obtiene de los diversos ámbitos en los que se desenvuelve (la familia, el trabajo, la pareja, las aficiones, etc.). Sentirse satisfecho en cualquiera de estos ámbitos es un factor positivo para que la persona se sienta plena y feliz, y una carencia en cualquiera de ellos puede generar que se concentre en alguno en específico para buscar el equilibrio. Personas incapaces de diversificar sus intereses y con características de personalidad como la impulsividad, la intolerancia a la frustración, la búsqueda exagerada de sensaciones nuevas, una baja autoestima y un estilo de afrontamiento inadecuado ante las adversidades, corren un gran riesgo de establecer conductas adictivas.


¿Qué podemos hacer para prevenir el desarrollo de una adicción?


  • Saber identificar situaciones en las que seamos más vulnerables a desarrollar una adicción para desarrollar alternativas a la misma.

  • Aprender respuestas de afrontamiento adecuadas ante situaciones de riesgo. Saber decir “no”, y ser capaces buscar ayuda cuando sea necesario.

  • Cambiar nuestro estilo de vida. Disfrutar de un estilo de vida saludable favorece nuestro bienestar físico y emocional, y reduce el riesgo de padecer una adicción.

  • Desarrollar nuestra capacidad de autocontrol. Asumir que somos nosotros quienes decidimos qué hacer y cuando parar.

“Cobijarnos en conductas autodestructivas no soluciona nuestros problemas, los evita. Afrontarlos de una forma activa y solucionarlos es la mejor vía para librarnos de ellos”



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