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El sueño de mi vida



Me gustaría que contásemos, durante diez segundos, cuántas veces hemos tenido algún problema relacionado con el sueño. Uno, dos, tres, cuatro…


Probablemente no os ha dado tiempo a contabilizarlas todas o, simplemente, tenéis tan interiorizados los problemas de sueño en vuestra vida que, simplemente, os habéis descontado.


Y ahora, ¿recordáis qué consecuencias tuvo el hecho de no dormir en el resto del día? En esto probablemente caigáis muy rápido, pues cuando no descansamos bien experimentamos una serie de sensaciones psicofisiológicas, y normalmente ninguna de ellas positiva. El hecho de no dormir o no tener un descanso reparador afecta, principalmente, a dos ámbitos:


  • Ámbito emocional: tenemos cambios repentinos de humor, apatía, baja motivación por los aspectos del día a día, alta irritabilidad, etc.

  • Ámbito cognitivo: menor atención y concentración, un enlentecimiento general de nuestras capacidades cognitivas, problemas de memoria, etc.


La afectación a estos dos ámbitos produce, también, que la calidad de las relaciones interpersonales que establezcamos sea drásticamente menor, y también que disminuya nuestro rendimiento laboral y/o escolar. En resumen, un descanso no adecuado ni satisfactorio nos afecta a nivel psicológico, cognitivo, físico y social.


Y ahora, la pregunta del millón: ¿a qué se deben? Pues, aunque la creencia popular (y no por ello errónea) nos dice que es debido a la imposición de ritmos no naturales de sueño o por efectos de sustancias como las medicinas o la cafeína, la realidad es que aspectos como el estrés o los problemas emocionales tienen mucha más influencia de la que podríamos llegar a creer.


Así pues, los problemas para conciliar y mantener el sueño suelen asociarse, en ocasiones, a sintomatología ansioso-depresiva, la cual se encarga de modular cómo de intensa se vive dicha problemática. Esto significa que aspectos de la vida cotidiana que nos puedan generar estrés (como dificultades en los estudios o el trabajo, problemas con la pareja o un amigo, etc.) pueden llegar a afectar a los ciclos sueño-vigilia, provocando un desajuste general de éstos.


Esto suele crear un bucle en el que la misma activación psicofisiológica generada por la preocupación de no poder dormir hace que aumente aún más la activación y se genere una sensación de nerviosismo, muy similar a las reacciones fisiológicas propias del estrés, que impide, con aún más intensidad, que logremos un descanso adecuado.


Para combatir o evitar que esto suceda planteamos diferentes alternativas (aunque no son las únicas):


  • Modificar los hábitos de sueño. Esto implicaría adaptar nuestros horarios para así ir a dormir, de forma general, a una misma hora. También es importante calcular que, al despertar, hayamos dormido entre unas siete u ocho horas.

  • No consumir cantidades elevadas de sustancias estimulantes o depresoras del sistema nervioso central, como podrían ser la cafeína o el alcohol.

  • Tener una dieta saludable y hacer ejercicio físico, pues esto ayudará a disminuir el estrés y, por ende, nos facilitará la inducción del sueño.

  • Usar técnicas de relajación, como podrían ser la focalización de la atención en la propia respiración.

  • Evitar el uso de móviles y aparatos similares antes de ir a dormir, debido a que la luz y las actividades que se hacen (como mirar redes sociales, hablar con otras personas) mantienen al cerebro en un estado de activación psicofisiológica.

“Los problemas de sueño, como el insomnio, afectan a una gran parte de la población. Debemos ser conscientes de todo aquello que está influyendo en nuestra capacidad para dormir, para así ponerle remedio y empezar a disfrutar de una vida carente de las dificultades generadas por un mal descanso”.