¿Qué es la educación positiva?



Los niños no nacen con libro de instrucciones, sino que los padres emprenden la tarea de educar a los hijos basándose en sus propias experiencias y creencias. Educar es más que atender las necesidades básicas, no es suficiente con proporcionar comida, ropa, etc. sino que implica también una serie de obligaciones para que los más pequeños puedan adquirir un adecuado desarrollo biopsicosocial.


Los niños necesitan sentirse seguros y queridos. Demandan la atención de los adultos constantemente, necesitan que se les acompañe en su desarrollo, que se les diga lo que hacen bien y lo que hacen mal, que se les enseñe a hacer lo que tienen que hacer, para poco a poco ir adquiriendo confianza y seguridad en sí mismos.


El principal objetivo de la educación es enseñar a los niños a comportarse de una manera libre y responsable, siguiendo las normas sociales y fomentando el propio desarrollo personal de los más pequeños.


En este contexto hablamos de educación positiva, esto es, basada en actitudes y creencias positivas que favorecen el proceso educativo.


¿Qué implica la educación positiva?

  • Tener objetivos claros y concretos sobre lo que se quiere enseñar a los niños, y que a ser posible sean compartidos por ambos padres.

  • Enseñar con claridad y siendo específicos en lo que queremos. De poco sirve decirles a los niños que se porten bien, o insistir en lo que NO tienen que hacer. Lo recomendable es explicar paso a paso y claramente lo que queremos que hagan, centrarnos en las conductas alternativas.

  • Ser pacientes y dar tiempo para que aprendan lo que tienen que hacer. Es importante ayudarles y guiarles cuando aprenden un nuevo comportamiento.

  • Valorar el esfuerzo y las aproximaciones a lo que queremos que hagan. Es importante reconocer los pequeños logros, destacar lo que se hace bien y el esfuerzo.

  • Dar ejemplo. La mejor manera de enseñar un comportamiento es mostrándolo, no podemos pedirle a un niño que no grite, gritando.

  • Confiar en los niños. Es importante no presionar, dar margen, y mostrar confianza en la capacidad y recursos de los niños.

  • Actuar y evitar discursos. Una vez ya se ha explicado con claridad lo que hay que hacer, no hay que insistir ni sermonear. Cuando se realiza una petición se recomienda ser amable la primera vez, firme la segunda, y actuar según las consecuencias acordadas la tercera.

  • Reconocer los propios errores ayuda a los más pequeños a entender que todos nos equivocamos, y a no vivir el error como un fracaso, sino como una oportunidad de aprendizaje.










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