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Anestesia emocional, una elección errónea para no sufrir



Todos, a lo largo de nuestras vidas tenemos proyectos profesionales, personales y familiares que nos ayudan a realizarnos como personas. En ocasiones son dos o tres, pero según los diferentes tipos de personas pueden llegar a ser muchos, y a veces todos en el mismo momento. Estas personas suelen comprometerse con todo y con todos, quieren abarcar demasiado a la vez, y además hacerlo de forma eficaz y eficiente. Es más, asiduamente, cuando se consigue lograr con éxito uno de estos proyectos se pasa rápidamente a otra nueva meta o reto sin saborear el gusto de lo que han conseguido. Los momentos de éxito y logros pasan tan rápido que no se disfruta del momento.


Este ritmo de vida en ocasiones nos lleva a sufrir, a pensar que quizás no estamos dando todo de nosotros mismos para conseguir nuestros objetivos tanto individuales como comunitarios, y que estamos fallando y fallándonos, generándonos un elevado nivel de estrés y sufrimiento porque nos exigimos y nos exigen más. Si esta forma de vida, con un nivel tan alto de exigencia hacia nosotros mismos y hacia los demás se convierte en nuestra rutina, también estamos cronificando un sufrimiento e infelicidad que pueden mimbar nuestra autoestima y hacernos sentir insatisfechos. Esta forma de funcionar no nos permite centrarnos en el presente y disfrutar de las cosas cotidianas que hacemos. Aparecen pensamientos catastróficos sobre lo que puede pasar, nos centramos en situaciones negativas del pasado, y terminamos distorsionando nuestra realidad, metiéndonos en una espiral de negatividad.


Son justo en estas situaciones en las que acabamos optando por anestesiarnos emocionalmente, aparece la anhedonia. Esto es, dejamos de sentir placer y de disfrutar de lo que hacemos, nos volvemos apáticos.


¿Y qué hacer cuando la anhedonia llama a nuestra puerta?


Si bien hemos visto que la anhedonia y la apatía son un mecanismo de defensa para dejar de sufrir y sobrevivir en el propio mundo que se ha creado, afirmamos que esto le puede servir a la persona de forma temporal pues a largo plazo genera problemas mayores como aislamiento, la sensación de no necesitar a nadie ni de necesitar nada que nos haga sentir placer, deshumanizándonos y cerrándonos a una vida plena.


Si te sientes identificado/a con esta situación, busca apoyo en tu entorno cercano (familia, amigos, etc.) para recuperar la ilusión y ser feliz. Si ves que no lo consigues con ese soporte acude a terapia para que un profesional de la salud te dote de estrategias para volver a ilusionarte, a desear sentir con todas tus fuerzas, y a gestionar la manera de afrontar tus proyectos de forma que sean para ti un aliciente y no una losa en tu espalda ante la que TIENES QUE cumplir, para aprender a diferenciar ante lo que tengo que y lo que deseo hacer. Es decir, para ver aquellas obligaciones que nosotros mismos nos creamos.


“Si la tristeza, la anhedonia y la apatía llaman a tu puerta recuerda que todo sentimiento está hecho para vivirlo, pero no te regocijes y te ancles en ellos pues la vida consiste en disfrutar de aquellos momentos, situaciones y aprendizajes ante los que nos encontramos diariamente siempre brindando la mano a la ilusión”

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